Cuando vine a vivir a los Estados Unidos en el 1988 con mi familia, mi régimen alimenticio era regido por la situación económica familiar… y por mis papilas. Se compraba los “alimentos” más económicos, y yo comía solo para satisfacer el sentido del gusto. Así que, olvidando cualquier conocimiento que pude haber obtenido en los estudios primarios e intermedios sobre la necesidad fisiológica y real, según se entendía en aquellos entonces, sobre la razón esencial del comer, ingería los "alimentos" sin pensar en la función que estos ejercían en mi cuerpo, mente, y espíritu.
El desayuno consistía en su mayoría de harinas y productos lácteos, comúnmente representados en forma de los populares cereales encajados y azucarados que abundan en los supermercados, pan blanco, mantequilla, queso, huevos de pollo, y la leche de vaca a la cual añadía dos cucharadas grandes de azúcar para endulzarla, y sin la cual pensaba que no podría vivir ni siquiera un solo día. La comida procesada o “rápida” que daban en la escuela era el almuerzo durante los días de semana, y aunque allí si me comía por lo menos una manzana, o las frutas embustidas, cuyo jugo denso de “preservativos” era tambien adictivamente dulce. Nunca la disfrute a plenitud. Y, solo de recordar su aspecto sintético y sabor insípido, se me arruga la cara como una ciruela. La cena era a lo que por su importancia en la cultura dominicana se le ha denominado como “La Bandera Nacional”; ¡Arroz, Habichuelas, y Pollo! Aclaro, el arroz blanco (o blanqueado), habichuelas (Frijoles) siempre hervidas o guisadas, y el pollo guisado o frito, y pocas veces horneado.
La variedad venia muchas veces con la carne roja; ya fuera esta en forma del delicioso “bistec encebollao’, las ricas albóndigas, y el chivo que pasaba mensualmente para dejar a todos chupandole los huesos. Bueno, claro que siempre se trataba de añadir un poco de la ensalada verde, pero no era considerada imprescindible. También, algunas veces intercambiábamos el arroz y los frijoles por algún tipo de pasta. Eso era casi siempre al final de la semana, cuando ya se había preparado el arroz y los frijoles en sus interminables recetas y combinaciones; moro de gandules; locrio de pollo (arroz cocinado con un poco de salsa de tomate y pollo juntos, ósea: moro de pollo), moro de habichuelas negras, o rojas, moro de gandules, o arroz con el maíz (¿y porque no llamarle moro de maíz? ), arroz amarillo con habichuelas negras…en fin, no se consideraba un buena cena si no era la “La Bandera Nacional”. Y lo que empeoro las cosas al llegar aquí, fue la inversión de la orden en que se ingerían las comidas. En la Republica Dominicana el plato fuerte de arroz, habichuela, y carne, se consumía en la hora del almuerzo. Por el horario de trabajo en los Estados Unidos, ahora se consumía en las noches.
Claro, que no hay nada de malo en comer arroz, habichuelas y carne. Solo que el cuerpo es un organismo muy complejo que requiere una variedad de alimentos tan extensos como los que ofrece la madre naturaleza. Al someter el organismo a un pequeño grupo de nutrientes, se le limita su capacidad de funcionamiento, y lo que es mas grave aun; se puede deteriorar. Al ofrecer una cantidad variada de alimentos al cuerpo proveemos las vitaminas y minerales esenciales para regular las actividades automáticas del organismo; enriquecemos nuestra experiencia sensorial; e influimos positivamente en nuestro estado anímico. Y por supuesto, estos alimentos hacen mejor sus funciones cuando son organicos y naturales.
Sunday, July 22, 2007
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